Harvey Weinstein: El Lobo Feroz

domino / 12 de diciembre del 2017 / 9:00h.

 

En la entrega de los Oscar 2001, Nathan Lane bromeó diciendo: “hasta ahora había pensado que Monstruos, S.A. era un documental sobre los hermanos Weinstein”. Es decir, que en 2001 Hollywod ya lo sabía. Y si no se enteró, tres años después salió de dudas con el libro de Peter Biskind Down and Dirty Pictures (2004) (Editorial Anagrama), traducido al castellano como Sexo, mentiras y Hollywood, parafraseando al primer gran éxito de Weinstein: Sexo, mentiras y cintas de vídeo (1989). Casi 600 páginas para contar la historia del Festival de Sundance y de Miramax, empresa fundada en 1979 por los hermanos Weinstein, Harvey (Nueva York, 1952) y Bob (1954), una apasionante crónica sobre el reciente cine americano digna de los guionistas de The Wire, pues hay de todo y por su orden. El más prestigioso y respetado de los periodistas cinematográficos de Estados Unidos cuenta en su libro multitud de ejemplos de cómo se las gastaba Harvey Weinstein, mientras Hollywood callaba. Claro que muchos pueden decir, como lo han hecho los empleados de The Weinstein Company, que  “sabíamos que estábamos trabajando para un hombre con un carácter notoriamente explosivo. Pero ignorábamos trabajar para un depredador sexual”.

“Carácter explosivo” es, como presenció Martin Scorsese, ver mesitas volando contra las paredes durante las reuniones para aligerar el excesivo metraje de Gangs of New York (2002). “Carácter explosivo” es lo que vivió Billy Bob Thornton, que amenazó a Weinstein con “clavarle un tenedor en el cuello” mientras ambos se liaban a empujones en un hotel. Miramax había pagado 10 millones de dólares por Sling Blade (El otro lado de la vida) (1996), la primera película de Thornton como director. Weinstein le dio una oportunidad de oro, pero luego le machacó con la dramática post producción de su segunda película, Todos los caballos bellos (2000). Y “Carácter explosivo” también puede ser perseguir a Tom Tykwer por los pasillos de un hotel en Toronto, “como si Terminator 2 vinera a por mí”, para hacerse con los derechos de Corre Lola, corre (1998) .

Harvey Weinstein es un monstruo, eso está claro, pero también el hombre que convirtió Cinema Paradiso (1988) y Como agua para chocolate (1992) en éxitos internacionales, el tipo que apostó por Matt Damon y Ben Affleck cuando los dos jovenzuelos llamaron a todas las puertas con su guión de Will Hunting (1997) bajo el brazo. Todos querían la historia, pero sin ellos en el reparto; Harvey lo compró con ellos dentro. También el hombre detrás de Shakespeare in Love (1998), el visionario que se lo jugó con El paciente inglés (1996), una carísima superproducción sin estrellas en el reparto, y el mismo que durante un viaje en avión leyó el guión de Pulp Fiction (1994) y dijo: “Tenemos que hacer esta película”. Como dice Kevin Smith,  “si ellos no hubieran comprado Clerks (1994), nadie lo habría hecho y yo seguiría trabajando en el puto supermercado”. Pero la que mejor lo explica es la productora Cathy Konrad: “Tenía una capacidad asombrosa para comprar las películas más difíciles y, de alguna manera, dar a entender que, si no las veías, te perdías el acontecimiento del siglo”.

Pero luego está el ser humano. Y en ese aspecto, nuestro hombre es un indeseable. “¿Ataque al corazón? ¿Qué corazón?”, se preguntaron los empleados de Miramax cuando se puso enfermo hace años. 120 kilos de peso, temido por su malicia y brutalidad, sádico, feroz, vengativo… Los adjetivos son extensos y enorme la lista de damnificados dispuestos a declarar. “Ni el infierno tiene la furia de un Harvey Weinstein desdeñado”, dice en el libro de Biskind Chris Mankiewick, productor e hijo del gran Joseph L. Mankiewicz. Spike Lee fue de los pocos que le plantó cara: “No me asusta ese gordo imbécil. Antes de trabajar con él prefiero vender calcetines a 5 dólares los 3 pares. Es un cabrón mentiroso. Una rata”. Daniel Day Lewis, que ganó el Oscar por Mi pie izquierdo (1989) en parte gracias a Harvey, dice que “como persona es un absoluto desastre”. A M. Night Shyamalan le hizo llorar “tratándole como un trapo” durante el montaje de Los primeros amigos (1998). A Guillermo del Toro le despidió del rodaje de Mimic (1997). James Ivory estalló y le llamó “matón de patio de escuela” después de una tormenta que ya forma parte de la leyenda de Hollywood, con el socio de Ivory, Ismael Merchant, a punto de llegar a las manos con nuestro protagonista por defender Esperando a Mr. Bridge (1990). Y luego está Bernardo Bertolucci, en uno de los más feroces encontronazos con el productor. Fue cuando Harvey le quitó el montaje final de Pequeño Buda (1993), y el italiano, uno de los grandes, estalló. “Es un esnob. Y esnob significa sine nobilitate, sin nobleza, y es posible que le guste ir detrás de películas que le hagan parecer más noble. Cuando vi The Sopranos reconocí algunos rasgos peculiares de Harvey”.

Según Matt Damon, Harvey es como el escorpión de la fábula. Y tuvo un maestro en el legendario productor francés Robert Hakim (1907–1992), que un día le contó a un joven Harvey cómo le paró los pies a  Alain Delon durante el rodaje de A pleno sol (1960). Y el aprendiz, -enamorado de las películas extranjeras, y en concreto de Los 400 golpes (1959), que le cambió la vida-, tomó nota y se convirtió en un maestro en el arte de los malos tratos y la humillación.

Como asegura John Schmidt, que fue director financiero de Miramax, “si quería machacar a alguien, no importaba nada, ni la raza, ni la religión, ni el origen étnico, ni el color. En los malos tratos sí que aplicaba la no descriminación”. Juliette Binoche cuenta que un buen día se reunió con él en Nueva York creyendo que el papel de Chocolat (2000) ya era suyo. Para su sorpresa, el productor le dijo que antes debía pedírselo. “Yo estaba desconcertada, pero se lo pedí, con la lengua fuera, como una mendiga”. Uma Thurman todavía recuerda cómo la gritó por su interpretación en La copa dorada (2000). Y la productora B.J. Rack hace una sorprendente confesión en el libro de Biskind: “Tengo experiencia con hombres groseros. He trabajado con Paul Verhoeven y he producido una película de James Cameron, pero Mimic fue la experiencia profesional más dura de mi vida. Me sacó del despacho a empujones. Es un matón”. Aunque la que se llevó la peor parte dentro de las hazañas bélicas de Harvey fue la pobre Rosie O’Donnell, a la que insultó con furia devastadora (“Jodida presentadora, puta imbécil, cabrona y vaca”). Ella dice: “Iré a la tumba sin volver a dirigirle la palabra”.

Y luego están los “amigos”, la llamada “Familia Miramax”: Ben Affleck, Matt Damon, Wes Craven y, sobre todo, Gwyneth Paltrow y Quentin Tarantino. Paltrow era la “Princesa de Miramax”, dice Biskind, y pone un ejemplo: Harvey pagó 100.000 dólares para que la actriz pasase un fin de semana en París. Tarantino es otra historia. Miramax apostó por Reservoir Dogs (1992), pero intentó cortar 10 minutos de la película. El director debutante se negó. “Hubo una pausa de una milésima de segundo y Harvey dijo: Muy bien, de acuerdo. Todo se reduce a breves momentos y ese momento decidió el resto de mi carrera”. El resto de su carrera fue una relación casi de hermanos (entre otras cosas porque la primera película de Harvey que hizo l00 millones fue Pulp Fiction). “Quentin adoraba a Harvey”, dice Rick Hess, de William Morris, la agencia que representaba al director. “Por lo que a mí respecta, podría venir (Harvey) al plató todos los días. ¡De lo único que hablamos es de lo estupendos que somos!”, comentó en su día Tarantino, riéndose en la cara de todos los colegas a los que el productor gritó, humilló, mangoneó y amenazó.

Ahora que Hollywood en bloque le ha dado la espalda, muchos hablan. Por ejemplo, Jack Foley, que fue Director de distribución de Miramax: “Cuando los Weisntein mueran, la gente dirá que eran unas buenísimas personas. Y no lo son. Son crueles. Son muy, muy morbosos. Desprecian a la humanidad”. Bertolucci le comparó con Tony Soprano y puede tener razón si hacemos caso a uno de los empleados de Miramax, que todavía se acuerda de cuando Harvey pidió una bandeja de salmón, “porque estábamos en una de esas reuniones que podían durar 11 horas. Fumaba un cigarrillo tras otro, llenaba de humo la sala y apagaba las colinas en el salmón”.  Ahora el protagonista guarda silencio en la clínica donde está ingresado por su adicción al sexo. Y uno lo imagina con una medio sonrisa recordando esa frase que solía decir cuando estaba en la cima: “si no existiera, tendrían que inventarme. Soy lo único interesante que hay por aquí”.

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