39 – Traidor en el infierno

Alfonso Asua / 08 de junio del 2012 / 9:31h.

Crónica negra - Traidor en el infierno

Estamos en la 54 edición de los Oscar, el 29 de marzo de 1982, y una emocionada Barbara Stanwyck sube al escenario para recoger el premio de honor a toda su carrera. En su discurso, lo primero que hace es recordar entre lágrimas a alguien a quien llama mi “Golden Boy”. Todos los presentes saben que se está refiriendo a William Holden, que había muerto de forma trágica cuatro meses antes. Golden Boy (Sueño dorado) (1939) fue la primera película de Holden y él nunca olvidó que, cuando iba a ser sustituido, ella presionó para que siguiera en la película. Estaba tan agradecido con Barbara, que le envió flores cada año en el aniversario del primer día del rodaje. Debutar en el cine como protagonista y con un personaje para lucirse —un joven músico que se convierte en boxeador profesional— podría indicar que la carrera de William Holden fue un camino de rosas, pero nada más lejos de la realidad.

Nació el 17 de abril de 1918 en O’Fallon, Illinois, de verdadero nombre William Franklin Beedle Jr, y decidió ser actor tras un viaje a Broad Fichado por un cazatalentos de Paramount, tras ese deslumbrante debut no consigue despegar («hice muchas películas sin sentido en las que no experimenté ni interés ni placer») y toma una drástica decisión: alistarse en el ejército durante la II Guerra Mundial. «Ahí empecé a beber. Estábamos estacionados en una base en medio de Texas y no teníamos otra cosa que hacer que salir todas las noches a emborracharnos», recordó el actor sobre los años que pasó en las Fuerzas Aéreas.

Cuando regresó a Hollywood tuvo que partir de cero, pero le esperaba un golpe de suerte, de esos que cambian una carrera. Billy Wilder buscaba a un actor para El crepúsculo de los dioses (1950). El inicialmente previsto, Montgomery Clift, había tenido una relación con una mujer mayor y no quería ser objeto de cotilleos en Hollywood, así que Wilder repasó la lista que tenía Paramount y se topó con Holden. «Le di el guión a la una y a las tres estaba en mi casa diciendo: quiero hacerlo».

Esa película lo cambió todo y durante la década de 1950 Holden no se apeó de la lista de los actores más taquilleros. Con Picnic (1955), que hizo con 37 años, arrasó como sex symbol. Además, demostró ser un talismán para sus compañeras de reparto. Judy Holliday por Nacida ayer (1950), Grace Kelly por La angustia de Vivir (1954) y Faye Dunaway por Network (1976), ganaron el Oscar. Él se lo llevó por Traidor en el infierno (1953), de nuevo a las órdenes de Wilder. Cuando subió a recogerlo, simplemente dijo «Gracias» y se marchó. Ya por esa época sus problemas con la bebida eran del dominio público.

La cosa se agravó cuando rodó El león (1962) y El séptimo amanecer (1964) junto a Capucine, con la que vivió un tormentoso romance de dos años que hizo las delicias de la prensa y dejó al actor bastante tocado. Holden llevaba casado desde 1941 con Brenda Marshall, de la que terminó separándose definitivamente en 1971. Menos mal que era millonario —se llevó el 10% de la recaudación de El puente sobre el río Kwai (1957)— y pudo alejarse del cine para dedicarse a lo que verdaderamente le gustaba: los animales salvajes. Fundó en África el Mount Kenya Safari Club, donde fue feliz en compañía de su último amor, la actriz Stephanie Powers.

Pero el 16 de noviembre de 1981 Holden protagonizó su última y melodramática escena. Llegó borracho a su apartamento de Santa Monica, se tropezó con la alfombra y se golpeó la cabeza con la mesilla. Murió desangrado en lo que la prensa calificó como “una muerte absurda”. Su amigo Billy Wilder lo explicó mejor: «cuando me dijeron que había muerto pensé que o había perecido en un accidente de helicóptero en Hong Kong, donde tenía un apartamento, o le había arrollado un rinoceronte en África, donde también tenía una casa. ¿Pero morir así?».

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