41 – Perversidad

Alfonso Asua / 08 de junio del 2012 / 9:37h.

Crónica negra - Perversidad

En este relato vamos a pasar de una sórdida historia ficticia a un suceso real que parece sacado de una novela de Raymond Chandler. Y de ahí, a uno de los mayores escándalos que ha vivido Hollywood en toda su historia. Los tres están construidos con elementos típicos del drama y el cine negro. Hay adulterio y celos, mujeres con carácter y hombres locos de amor por ellas, magnates del cine que se lían a tiros y actrices glamurosas que esquivan las balas con el mismo arte que cruzan las piernas.

Empecemos por la ficción y luego vayamos a la realidad, que, como ya es sabido, siempre la supera. El director Fritz Lang rueda Scarlet Street (Perversidad) (1945) con Joan Bennet, Edward G. Robinson y Dan Duryea. El guión es de Dudley Nichols, el hombre que se negó a aceptar el Oscar que le dieron por El delator (1935) en protesta por la postura de la industria en asuntos sindicales. Además de por los guiones de La fiera de mi niña (1938), La diligencia (1939), Por quién doblan las campanas (1943) y Diez negritos (1945), pasará a la historia de la Academia como la primera persona que rechazó el premio. Más adelante volveremos a hablar del Oscar, de alguien que también lo rechazó y de una actriz mítica que lo ganó tres veces. En Perversidad, Robinson es un triste cajero que se enamora de una vulgar ramera enganchada a su vez a un chulo maltratador. La ambiciosa y manipuladora mujer fatal se llama Katharine “Kitty” March y la interpreta Joan Bennett. Con esta actriz nos quedamos para pasar de la historia de ficción a esa que dijimos al principio que parecía salida de un relato de Chandler.

Muy parecida a Hedy Lamarr, Joan Geraldine Bennett nació el 27 de febrero de 1910 en Palisades, Nueva Jersey. Sus padres eran actores de teatro, en especial él, Richard Bennett. De hecho, Joan forma parte de una saga artística que se remonta al siglo XVIII. Su hermana mayor, Constance Bennett, también fue actriz, aunque la estrella de la familia fue ella. Entre 1930 y 1931 apareció en nueve películas, luego fue una de Las cuatro hermanitas (1933) de George Cukor y en la década de 1940 triunfó por todo lo alto. En esa época cambió su color de pelo rubio por uno más oscuro y fue entonces cuando le llegaron los mejores papeles, convirtiéndose en la reina del cine negro.

La actriz se casó cuatro veces. Su segundo esposo fue el guionista y escritor Gene Markey, posterior marido de Hedy Lamarr y Myrna Loy, y el tercero el productor Walter Wanger, con el que se casó el 12 de enero de 1940. En diciembre de 1951, Wanger disparó contra Jennings Lang, agente de Bennett, en un ataque de celos. En este punto se cruzan las vidas de Ingrid Bergman, Roberto Rossellini, Bennett y Wanger. Pero vayamos por partes y retrocedamos al año 1948, cuando Walter Wanger rechaza el Oscar especial que se le concede por sus servicios a la industria como presidente de la Academia (cargo que ocupó entre 1939-1941 y 1941-1945). El productor, famoso por su temperamento, empezó su carrera en los años 20 con los hermanos Marx y se despidió del cine con la mastodóntica Cleopatra (1963). Pero no quiso aceptar el homenaje de la Academia, aunque lo agradeció en nombre de Ingrid Bergman y Victor Fleming, muerto tan sólo unos meses atrás. Ellos eran la protagonista y el director de Juana de Arco (1948) y Wanger estaba furioso por varios motivos: por la manera en cómo había manejado la campaña de publicidad de su película Howard Hughes a través de su compañía RKO, por el fracaso comercial del film, porque la cinta recibió siete nominaciones al Oscar pero no la de Mejor Película y, sobre todo, por el monumental escándalo en el que se vio involucrada por esa época Ingrid Bergman. Según pensaba Wanger, el público no había ido a ver Juana de Arco porque la actriz, casada con Petter Lindström y madre de una niña, vivía un romance con el director italiano Roberto Rossellini. Un adulterio en toda regla que Hollywood no estaba dispuesto a perdonar y menos que nadie Wanger, obsesionado con la película y su fracaso en taquilla.

Según Donald Spoto, Walter Wagner «se subió a bordo del carro moralista (…) temeroso de que el éxito de Juana de Arco se viera en peligro» y le mandó una carta a Bergman: «los maliciosos rumores sobre usted reclaman inmediata réplica. He hecho una enorme inversión arriesgando mi futuro y el de mi familia, que está usted poniendo en peligro si no se comporta». La actriz sueca no se comportó, dejó a su marido y se casó con Rossellini en mayo de 1950. Wanger montó en cólera y Hollywood echó fuera de sus dominios a la adúltera estrella. La noche del 27 de marzo de 1957, ocho meses antes de divorciarse del cineasta italiano, Ingrid Bergman volvía a Hollywood y éste recibía a su hija pródiga con un Oscar y una ovación que todavía recuerdan los más viejos del lugar. Ella, siempre una dama, no fue a recogerlo; mandó a su amigo Cary Grant. Alguién dijo que el premio era por su interpretación en Anastasia, pero todos sabían que era una manera como otra cualquiera de decirle a la estrella que estaba perdonada. Años antes, Wanger había recibido eso que llaman “justicia poética”.

Y aquí recuperamos a Joan Bennett, que recordemos estaba casada con el productor, y volvemos a la fatídica noche de diciembre de 1951. La actriz y su representante, Jennings Lang, viven un romance o por lo menos comparten cama, porque ahí es donde se los encontró Wanger. Lang fue el que peor parado salió del encontronazo; recibió un disparo en la ingle. Una vez pasado el alboroto y el olor a pólvora, los tres, conscientes del escándalo que se avecinaba, idearon un plan digno de Chardler o Hammett. Ahí estaba la sombra de la intrigante Kitty March, que en un momento de Perversidad dice: «no quiero ver mi nombre en los periódicos». Así que Bennett y Wanger llevaron a Lang a un aparcamiento de Beverly Hills donde éste tenía su coche. La puesta en escena ideada por los tres pasaba por decir a la policía que Lang confundió su coche con el de Wanger y éste le disparó creyéndelo un ladrón. De poco sirvió. El productor alegó demencia y pasó cuatro meses en la prisión de San Quentin acusado de intento de asesinato. Sus experiencias allí sirvieron de base para su película Riot in Cell Block 11 (1954). Como dijo un columnista, «en su mente, Wanger no disparó contra Lang sino contra los millones de personas que no habían ido a ver Juana de Arco».

Bennett, por su parte, esperó a su marido mientras su carrera se apagaba poco a poco. «Simplemente mi carrera en el cine se desvaneció. Un hombre puede interpretar ciertos papeles cumplidos los 60. Pero una mujer no. La Edad de oro se ha ido, y con ella, la mayoría de la gente con buen gusto. Definitivamente, la diversión ha terminado». Finalmente, la actriz y el productor se divorciaron en 1965. Un año después, Bennett aterrizó en la televisión con la serie Dark Shadows y vivió una segunda etapa de éxito. «Me siento como un Beatle», llegó a decir por la popularidad que le proporcionó el personaje de Elizabeth Collins Stoddard, el mismo papel que interpreta ahora Michelle Pfeiffer en la película de Tim Burton.

Como muchas estrellas de su generación, Bennett también se refugió en el cine de terror y en 1977 rodó a las órdenes de Dario Argento el clásico Suspiria. La actriz murió de un ataque al corazón en Scarsdale, Nueva York, el 7 de diciembre de 1990. Wanger había fallecido en 1968 sin haber conseguido poner en pie una adaptación de La duquesa de Langeais con Greta Garbo, y Lang terminó sus días en 1996, a los 81 años. De los tres protagonistas de aquel sórdido incidente, él fue el que mejor lidió con el escándalo. El abogado que llegó a Hollywood en 1938 para hacerse agente, se reconvirtió en productor y guió los primeros éxitos en la carrera de Clint Eastwood. Patrick McGilligan dice en su biografía de Eastwood (editorial Lumen) que «su ambición era legendaria». Así lo demostró en la década de 1970 con el filón del cine de catástrofes. Estuvo detrás de Aeropuerto 75, Terremoto, Aeropuerto 77, Montaña rusa y Aeropuerto 79. En ninguna de ellas contó con Joan, pese a que ese cine también fue refugio de las estrellas clásicas.

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