43 – No hagan olas (Primera parte)

Alfonso Asua / 08 de junio del 2012 / 9:44h.

Crónica negra - No hagan olas (Primera parte)

Doris Day (1924) fue la estrella más dulce de Hollywood. La americana perfecta y virginal protagonista de deliciosas comedias rosas que hicieron las delicias del todavía ingenuo público de la década de 1950. Pero la dulce Doris también estuvo relacionada, paradójicamente, con el suceso por excelencia de la crónica negra de Hollywood, el más sangriento, salvaje y terrible, aquel que dejó conmocionada a la comunidad del cine, el que ocupa el número uno del ranking macabro, nunca antes y nunca después superado.

La madrugada del 9 de agosto de 1969 el mundo encantador de Doris Day saltó por los aires y con él toda una época. Y aunque ella no estuvo directamente involucrada en los acontecimientos sí lo estuvo su hijo Terry Melcher (1942-2004) y, pensándolo bien, no es nada aventurado afirmar que la sonriente Doris pudo perfectamente haber acabado siendo objetivo del asesino psicópata más célebre de Hollywood, el mismo que presumía de ser amigo de su hijo.

Terry Melcher era el único hijo de Doris Day, nacido del primer matrimonio de la estrella, pero adoptado por su tercer marido, Martin Melcher. Con su madre convertida en una de las máximas estrellas del cine y de la música, el joven Terry encaminó sus pasos hacia el mundo artístico y en muy poco tiempo, sin duda ayudado por su famosa mamá, se convirtió en un exitoso productor musical.

En 1969, Melcher salía con la actriz Candice Bergen (1946), una bellísima y elegante rubia que pronto alcanzaría el estrellato con la película Conocimiento carnal (1971) y más adelante se haría mundialmente famosa con la serie de televisión Murphy Brown. El productor musical y su novia que recordaba a Grace Kelly vivían en las colinas de Hollywood, en una mansión en el número 10.050 de Cielo Drive, en Benedict Canyon, un área de las montañas de Santa Mónica que da a Beverly Hills y Bel Air. La casa de estilo rústico con chimenea de piedra y vigas en los techos había pertenecido a la estrella del cine francés Michèle Morgan (1920), que ocupó la residencia en los años 40, cuando intentaba abrirse camino en Hollywood. Lillian Gish vivió allí con su madre durante el rodaje de Duelo al sol (1946). Otros ilustres ocupantes del 10.050 de Cielo Drive habían sido Cary Grant y Dyan Cannon, Henry Fonda, Samantha Eggar y la actriz inglesa de origen argentino Olivia Hussey. Melcher y Bergen dejaron la casa el 12 de febrero de 1969 porque él decidió instalarse en la residencia de su madre en Malibú. Pero antes se había producido ya el fatal encuentro que desembocaría en los espeluznantes asesinatos del 9 de agosto.

Como productor musical, el hijo de Doris Day tenía que escuchar a multitud de aspirantes a cantantes con sueños de gloria. Y a muchos de ellos los rechazaba. Fue Dennis Wilson, batería de los Beach Boys, quien le presentó un día a Charles Manson (1934), un hippie con pinta de loco que lideraba una especie de secta y que quería dedicarse a la música. Melcher se lo quitó de encima como pudo, pero cometió un error de consecuencias catastróficas: una noche dejó que Wilson y Manson le acercaran en coche a su casa, el 10.050 de Cielo Drive, donde le esperaba Candice Bergen. Manson no entendió la negativa de Melcher y empezó el acoso.

Nunca quedó claro, pero quizás el cerco del psicópata Manson fue la causa de que el productor cambiara de casa, aunque de ser así, bien podía haber avisado a sus nuevos inquilinos. Efectivamente, ese mismo febrero llegaron a Cielo Drive Roman Polanski (1933) y Sharon Tate (1943-1969), la flamante pareja de moda. Él, director de fama mundial gracias a una película terrorífica cuyo estreno Time había definido como «una conmoción»: La semilla del diablo (1968). Ella, aspirante a actriz y una de las mujeres más guapas de toda la historia del cine. Charles Manson no sabía quienes eran, pero sí tenía grabada a fuego la dirección de Cielo Drive; para él, ese era el sitio donde vivía el tipo que le había rechazado. Es más, en el posterior juicio se demostraría que Manson había deambulado por los alrededores de la casa en varias ocasiones, mientras vivían Melcher y Bergen, y después, cuando llegaron Polanski y Tate. La única vez que Sharon y el líder de los asesinos se vieron las caras fue la tarde del 23 de marzo de 1969, cuando Manson llamó a la puerta y preguntó por Melcher. Ella estaba en un segundo plano y no le vio bien, pero lo suficiente como para comentar después: “Qué tipo más siniestro”.

Manson odiaba a Melcher y le culpaba de todos sus fracasos. Así que el objetivo de su ira podría haber sido el propio productor (de hecho, en un principio la policía pensó que uno de los cadáveres de la matanza era el de Melcher), su rubia y famosa novia (Candice Bergen) o, ya puestos, la también rubia y mucho más popular Doris Day. El destino quiso que la que pagara el pato fuese otra rubia que nada tenía que ver con todo el asunto.

Sharon Tate nació el 24 de enero de 1943 en Dallas. Su padre era militar y estuvo destinado en Vicenza, Italia, y fue allí cuando Sharon apareció de extra en la película Barrabás (1961). De vuelta a su país natal e instalada en Los Angeles con la idea de convertirse en actriz, la carrera de la atractiva rubia se cruzó con la del productor Martin Ransohoff (1927), que decidió hacer de ella una estrella. Tras aparecer en pequeños papeles sin acreditar en Cuando se tienen veinte años (1962) y La americanización de Emily (1964) y en varias series de televisión, Ransohoff colocó a su protegida en la serie Los nuevos ricos (The Beverly Hillbillies). La primera película oficial de Sharon fue El ojo del diablo (1966), producción de Ransohoff dirigida por J. Lee Thompson y protagonizada por Deborah Kerr y David Niven. También bajo el manto de su padrino artístico la actriz rodó la disparatada y refrescante comedia No hagan olas (1967), última película del gran Alexander Mackendrick. En ese rodaje coincidió con Tony Curtis y Claudia Cardinale y la imagen de Tate interpretando a la paracaidista Malibú, una rubia californiana de pocas palabras, fue utilizada como modelo para crear a la muñeca Barbie Malibú. La famosísima canción de la película, Don’t Make Waves, fue escrita e interpretada por The Byrds. El productor de los dos primeros álbumes de ese grupo fue Terry Melcher. Todos los que participaron en ese rodaje recuerdan que fue uno de los más felices de sus carreras. Así lo recordaría siempre Sharon Tate. Sin duda, esa atmósfera feliz contagió a la propia película, una especie de fiesta de sol y playa sobre vendedores de piscinas, rubias en bikini y algo del cine de catástrofes, que bebe de las fuentes de Richard Quine y Blake Edwards. El cocktail terminó con sabor amargo cuando un especialista, Bob Buquor, se ahogó después de lanzarse en paracaídas frente a la costa en el Océano Pacífico. Fue doblando a Sharon Tate en una complicada escena en el aire. Eso, y que en la película salía un grupo de hippies siempre con la furgoneta a cuestas, bien podría haberse tomado como un triste prólogo de la última noche de Cielo Drive.

La tercera película de Tate sería la que marcaría su destino. Roman Polanski preparaba su farsa sobre los films de la Hammer El baile de los vampiros (1967) y ya tenía pensado quien sería la protagonista femenina: la atractiva Jill St. John (1940), a la que le faltaba poco para ser chica Bond en Diamantes para la eternidad (1971). La pelirroja Jill era muy amiga de Polanski. Se conocieron cuando él viajó a Los Angeles para promocionar Repulsión (1965). La actriz era famosa en esa época por su agitada vida sentimental; había tenido un romance con Frank Sinatra, se había divorciado de su segundo marido, el multimillonario hijo de Barbara Hutton y piloto de carreras Lance Reventlow (que se mataría en un accidente de avioneta en Aspen, Colorado, en 1972), y mucho después se casaría con Robert Wagner, viudo de Natalie Wood. El caso es que Polanski visitó a su amiga en su casa de Bel Air, muy cerca de la calle sin salida Cielo Drive, y se sorprendió de que la actriz guardase una pistola. “El mundo está bastante loco, no tienes ni idea”, fue la respuesta de ella. En menos de tres años, iba a comprobar lo acertado de esas palabras.

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