45 – My fair lady

Alfonso Asua / 08 de junio del 2012 / 9:52h.

 Crónica negra - My fair lady

El capítulo anterior de esta serie estaba dedicado a Sharon Tate, una de las protagonistas de El valle de las muñecas (1967), drama basado en una novela de Jacqueline Susann. Precisamente, esta escritora de best sellers y actriz se inspiró para crear el personaje de Jennifer North (Sharon Tate en el film) en una chica con la que había coincidido en la comedia musical de Broadway The Lady Says Yes. Ella era Carole Landis, una atractiva joven de enorme talento y trágico final. Para entender por qué esta actriz decidió poner fin a su vida con un atracón de Seconal el 5 de julio de 1948 con sólo 29 años no nos queda más remedio que hacer una visita al inolvidable Profesor Henry Higgins de My Fair Lady (1964) o, lo que es lo mismo, al actor inglés Rex Harrison (1908-1990). Además de por su magnífica carrera, el protagonista de Un espíritu burlón (1945) era conocido por su fama de mujeriego. Le llamaban “Sexy Rexy” y tres actrices muy distintas, las tres desaparecidas de forma dramática, sucumbieron a su magnético encanto.

Rex Harrison se casó en seis ocasiones. Su segunda esposa fue la actriz de origen alemán Lilli Palmer con la que estuvo unido desde 1943 hasta 1957. Un matrimonio lleno de altibajos y momentos de verdadera crisis. Uno de ellos ocurrió sólo cinco años después de casarse, con el suicidio de Carole Landis, con la que Harrison estaba viviendo un tormentoso romance.

De verdadero nombre Frances Lillian Mary Ridste, Landis no tuvo suerte ni en la vida ni en el cine. Si le hubieran dado una buena oportunidad, podía haber sido una de las estrellas más brillantes de la historia. Pero no se la dieron y sobrevivió como pudo entre cintas de serie B y contratos imposibles, primero con la Warner Brothers y luego con la 20th Century-Fox. Hija de un mecánico de ferrocarril de origen noruego, su padre abandonó a la familia cuando Carole era pequeña. Con 15 años se casó con un tal Irving Wheeler, pero el matrimonio fue anulado, y la futura actriz se largó a California para empezar una nueva vida. Allí trabajó como bailarina y cantante mientras soñaba con ser como su ídolo: Carole Lombard. Su gran oportunidad llegó cuando fue elegida para participar en la película Hace un millón de años (1940), un pelotazo en taquilla que conoció un remake en 1966 con Raquel Welch y antecedente de films como la reciente 10,000 BC (2008). Pero ese éxito fue un oasis. Mientras las tragedias se sucedían en su vida (dos de sus hermanos murieron cuando eran pequeños; uno quemado con agua hirviendo y el otro de un disparo accidental) y su carrera no terminaba de despegar, Carole Landis tomó una decisión que acabó con las pocas posibilidades que tenía de convertirse en estrella: se embarcó en una gira para entretener a las tropas durante la II Guerra Mundial que la llevó al Norte de África y al Pacífico. Fue la actriz de Hollywood que más tiempo pasó con los soldados, aunque ese honor le costó aparcar totalmente su carrera y enfermedades como disentería, malaria y una neumonía que casi le costó la vida. «Lo pasé de maravilla pero fueron momentos difíciles. Durante cinco meses, actuaba al menos en cinco espectáculos al día. Hacía demasiado frío para dormir y no había agua suficiente para darte un baño. Sin contar con que durante esos meses comí más arena que alimentos».

De esa experiencia, Carole Landis salió con una mala salud que arrastraría siempre, y que acabó con su sueños de tener hijos, y multitud de problemas económicos. Vamos, que no tenía un duro y además llevaba cuatro matrimonios fracasados. A esto hay que sumar una fama de problemática y rebelde (en plan Frances Farmer, otra colega a la que Hollywood destrozó) que ayudó poco a su carrera. Y así se la encontró Rex Harrison. El actor era ya una celebridad en Hollywood gracias a Ana y el rey de Siam (1946) y El fantasma y la Sra. Muir (1947) y Carole Landis se enamoró de él. Una turbulenta relación de pocos meses que terminó cuando el 4 de julio de 1948 el actor inglés cenó con su amante y puso punto final a su aventura. Al día siguiente, Harrison fue al apartamento que la actriz tenía en Pacific Palisades y descubrió su cuerpo. «Me gustaría ser tan buena como Bette Davis. Pero más que eso me gustaría estar felizmente casada ​​y tener niños», dijo en cierta ocasión. Unos años antes de su suicidio, otra estrella de Hollywood, mucho más aparatosa que ella, también acababa con su vida. La mexicana Lupe Velez (1908-1944) encontró entre tanta sordidez la sincera comprensión de Carole Landis. «Sé por lo que tuvo que pasar Lupe Vélez. Una lucha tan larga para que luego nada tenga sentido».

Lilli Palmer se tragó el escándalo y no se divorció de su marido hasta 1957, concretamente el 6 de febrero, el día en que Harrison la abandonaba definitivamente tras confesar que se había enamorado de una elegante actriz inglesa a la que había conocido durante el rodaje de la comedia Siete esposas para un marido (1955). Ella era Kay Kendall, con la que se casó sólo cuatro meses después de separarse de Palmer. Pocas estrellas en la historia del cine han brillado como Kay Kendall, una excelente actriz de comedia y una de las mujeres más elegantes y sofisticadas que han pasado por una pantalla. En la cumbre de su carrera, con éxitos como Aventuras de Quintin Durward (1955), Les Girls (1957) y Mamá nos complica la vida (1958), a Kay le diagnosticaron una leucemia. Cuando Rex Harrison se enteró, rompió 14 años de matrimonio con Lilli Palmer para casarse con ella, que finalmente murió el 6 de septiembre de 1959 a los 33 años. Lilli Palmer accedió a firmar los papeles de divorcio sólo cuando se enteró de la grave enfermedad de Kay.

Tres años después, el incansable Harrison se casa con otra actriz, Rachel Roberts, de origen galés. Estamos en 1963, el año en que la nueva pareja se presenta en Hollywood: nuestro actor es nominado al Oscar por su interpretación de Julio Cesar en Cleopatra y su mujer es candidata por El ingenuo salvaje. Un año después, Harrison ganaría el preciado galardón por My Fair Lady, así que son días felices, aunque nadie entendía cómo alguien que era un ferviente conservador se había casado con una socialista acérrima como es ella. En cualquier caso, Rachel Roberts era una actriz de prestigio y una mujer de carácter. Compartía con Lilli Palmer un físico rotundo, con rasgos duros y marcados, lo que le valdría a ambas para interpretar a mujeres de armas tomar. Como las inquietantes e inquebrantables directoras de internados para señoritas de La residencia (1969) –con Lilli Palmer a las órdenes de Narciso Ibáñez Serrador– y Picnic en Hanging Rock (1975) –con Rachel Roberts dirigida por Peter Weir–.

La historia de Roberts con Harrison duró nueve años. Convertida en una secundaria de lujo en producciones de culto –Asesinato en el Orient Express (1974), Llama un extraño (1979)– y sin poder superar el divorcio, Rachel Roberts protagonizó la última gran escena de su vida el 26 de noviembre de 1980. Tenía 53 años y muy claro que el suicidio era la única cura para la fuerte depresión que sufría. Tan claro lo tenía que dejó un relato de su vida hasta la misma víspera de su muerte. Este diario fue publicado póstumamente con el título No Bells on Sunday: The Rachel Roberts Journals. Unas horas después de terminarlo, y tal y como dejó detallado en él, la actriz se bebió un combinado de diversos productos cáusticos mezclados con barbitúricos. El efecto de los agentes tóxicos lanzó su cuerpo a través de una cristalera y fue encontrada por su jardinero en la cocina de su casa de Los Angeles entre fragmentos de vidrio con el cuerpo destrozado por los cortes. Se había instalado en Hollywood en un último intento por recuperar el amor del seductor “Sexy Rexy”.

Lilli Palmer murió en Los Angeles el 27 de enero de 1986 a los 71 años víctima del cáncer. A finales de 1957 se había casado con el actor argentino Carlos Thompson, que se pegó un tiro cuatro años después de la muerte de la actriz. Tras perder a Kay Kendall, Rex Harrison intentó por todos los medios recuperar su relación con Lilli Palmer. Ella nunca volvió con él.

 

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