49 – Prisionera de su pasado

Alfonso Asua / 08 de junio del 2012 / 10:18h.

Crónica negra - Prisionera de su pasado

Una rubia muy atractiva camina por el andén de una estación al lado de un tren en marcha. No, no es Marilyn Monroe en Con faldas y a lo loco. Esta chica tiene rasgos duros, mirada triste y un sorprendente parecido a Lauren Bacall. Es Lizabeth Scott (1922, Pennsylvania) en su primera escena en la película Prisionera de su pasado (The Company She Keeps, 1951). En este drama de cine negro producido por la RKO se enfrenta con Jane Greer, otra belleza que se quedó a medio camino en Hollywood. Aunque cada una de ellas por razones muy distintas. En esa época RKO estaba en manos del terrible Howard Hughes, que se obsesionó con Jane Greer tras verla en Retorno al pasado (1947). Con Lizabeth se encaprichó en cambio el legendario productor Hal B. Wallis, el hombre que la descubrió y guió sus primeros pasos en el cine, desde el debut de la actriz, You Came Along (1945). Con Wallis hizo sus mejores películas, por ejemplo, su segundo trabajo en el cine, El extraño amor de Martha Ivers (1946), que, además de ser la película con la que debutó Kirk Douglas, fue todo un éxito, aunque los mayores aplausos se los llevaron el recién llegado y Barbara Stanwyck. En este melodrama desaforado con corrupción, celos, chantaje y asesinato, ambientado en una pequeña ciudad americana, Lizabeth era la cuarta en discordia, siempre en segundo término ante el potente triángulo amoroso que formaban Van Heflin, Douglas y una fría y despiadada Barbara Stanwyck. Si en Prisionera de su pasado era una oficial que debe controlar los pasos de una reclusa problemática en libertad condicional, en El extraño amor de Martha Ivers se pasó al otro bando e interpretaba a Antonia Marachek, una ex presidiaria también en libertad condicional que se cruza con Van Heflin y se ve arrastrada por la historia de éste con dos amigos de la infancia (Stanwyck y Douglas) que son como cuervos degenerados.

En Callejón sin salida (1947), Lizabeth Scott iba a estar lo más cerca que estuvo nunca de ser una gran estrella. Al lado de Humphrey Bogart y en plan mujer fatal,  cambió su imagen y pasó de ser la chica víctima inocente de las circunstancias a la zorra manipuladora. «La Cenicienta con voz ronca», como la definió Bogart, se hizo con el papel tras rechazarlo Rita Hayworth, que encontró demasiados parecidos entre ese personaje y el que preparaba con su marido Orson Welles en La dama de Shanghai. En realidad, los planes de Wallis eran lanzar a su protegida como la nueva Veronica Lake, estrella de cine negro que entraba en esa época en decadencia (ver capítulo 38). Scott siguió por ese camino con el drama criminal Al volver a la vida (1948), donde compartía pantalla con Burt Lancaster y Kirk Douglas e interpretaba a una cantante de club nocturno. En su autobiografía, Douglas desvela que «durante el rodaje Lizabeth estaba enredada con Wallis». Más adelante veremos que los problemas de la actriz en Hollywood tuvieron mucho que ver con su vida sexual, aunque no precisamente por meterse en la cama de un poderoso productor. En Too Late for Tears (1949) fue una mujer odiosa que asesina a su marido por dinero y en el drama deportivo Vida fácil (1949) ofreció una de sus mejores interpretaciones. Esta es la película favorita de muchos de los fans de la estrella.

Con Charlton Heston rodó Ciudad en sombras (1950), que el actor definió como «la única película de cine negro musical de la Historia del cine». Heston calificó a su compañera de reparto como «una rubia sensual de cejas negras, voz suave y personalidad provocativa». Entre 1950 y 1953 (cuando rueda Una herencia de miedo, parodia del cine de casa encantada con Dean Martin y Jerry Lewis), Scott apareció en ocho películas, pero no terminó de hacerse un hueco en Hollywood. «Son muchas películas pero no las adecuadas. A veces pienso que no voy a durar entre una y otra», dijo la actriz. En 1957 se despidió del cine de los grandes estudios con Loving You, comedia para el lucimiento de Elvis Presley donde era una publicista que busca un cantante country para hacer de él una estrella. Luego apareció en un par de series de TV para finalmente poner fin a su carrera en 1972 con Historias peligrosas (Pulp), producción inglesa rodada en Malta protagonizada por Michael Caine.

Es probable que lo que ocurrió con Lizabeth Scott es que simplemente era demasiado para Hollywood: demasiado parecida a Lauren Bacall y con demasiada personalidad. «No se puede culpar a una chica por intentar triunfar y ser ambiciosa. Quiero que respeten mi talento, no sólo por el público, sino por mí misma», declaró la actriz, que pese a las 21 películas que componen su filmografía no logró destacar lo suficiente. Actualmente, Lizabeth Scott tiene 89 años, cumple 90 en septiembre, la misma edad que Eleanor Parker, con la que lidera el grupo de estrellas clásicas de Hollywood que siguen con vida. En todos estos años la actriz se ha negado a conceder entrevistas y, salvo contadas apariciones (como un homenaje a Michael Jackson en 2001 y otro a Barbara Stanwyck en 2007), no ha aparecido en público. Hizo una excepción en 2003, cuando accedió a verse con Bernard F. Dick, para una biografía de Wallis. En el libro, el autor apunta que durante su conversación con Scott en un restaurante, la actriz todavía era capaz de recitar el monólogo de apertura de The Skin of Our Teeth (La piel de nuestros dientes).

La piel de nuestros dientes, con la que Thornton Wilder ganó el premio Pulitzer, se estrenó en Broadway el 18 de noviembre de 1942 con dirección de Elia Kazan. Toda actriz soñaba con interpretar a la protagonista, en realidad cuatro mujeres diferentes a lo largo de 500 años, y ese honor recayó en la temible Tallulah Bankhead, una de las personalidades más excitantes del mundo del espectáculo americano. Lizabeth Scott fue contratada como suplente de la estrella, pero la incombustible Tallulah jamás se puso enferma. «Durante esos siete meses esperé que Tallulah cogiera un catarro. Finalmente me pareció una pérdida de tiempo así que lo dejé y volví a mi trabajo de modelo y estudios de teatro».

Esta curiosa situación provocó que cogiera forma un rumor luego desmentido por los interesados. Parece ser que la situación real de la diva Tallulah triunfando en los escenarios mientras la ambiciosa suplente Lizabeth esperaba ansiosa su caída para entrar ella en acción podía haber inspirado la trama de Eva al desnudo (1950), con Margo Channing (Bette Davis) y Eve Harrington (Anne Baxter) en los papeles estelares. La teoría se reforzó cuando Tallulah, siempre dispuesta a ser el centro de atención, declaró a los cuatro vientos que Bette Davis le había copiado «hasta mi modo de morder» para componer el personaje de Margo. Esta leyenda urbana sobre Broadway resulta de lo más inofensiva en comparación con otro rumor mucho más dañino, el mismo que acabó con la carrera cinematográfica de Lizabeth Scott, justo cuando rodaba Una herencia de miedo. Todo empezó entre las bambalinas del Plymouth Theatre de Broadway, donde se representaba La piel de nuestros dientes. Ahí nació un rumor que relacionaba sentimentalmente a la promiscua, atractiva y bisexual Tallulah con la joven debutante. La diva, que había sido amante de Barbara Stanwyck y Joan Crawford entre otras muchas, pasó del tema con su habitual soltura, pero para Lizabeth fue como un zarpazo, tanto como para que once años después siguiera dando problemas. Como hemos dicho, en pleno rodaje de Una herencia de miedo, la revista Confidential soltó la bomba.

En este punto conviene explicar la historia de esta revista de chismorreos que se pasó de la raya más de una vez (para entender de qué iba no hay más que echar un vistazo a las andanzas de Sid Hudgens, el personaje de Danny DeVito en L.A. Confidential. 1997). Fundada en 1952 en Nueva York por el editor Robert Harrison, Confidential se abastecía de basura y Hollywood fue su contenedor principal. «A los norteamericanos les encanta leer cosas que no se atreverían a hacer», solía decir Harrison, que mandó a su sobrina Marjorie Mead a la Meca del Cine para husmear y sacar exclusivas sin olvidar nunca el lema de la revista: “cuenta los hechos y nombra los nombres”… aunque sean mentira, podíamos añadir. La nómina de Confidential la componían «detectives privados de poca monta, aspirantes a starlets, estrellas en desgracia y periodistas pasados de moda», según palabras de Kenneth Anger. Todos ellos se comportoban como auténticos perros de presa y tan bien lo hicieron que llegaron a vender cuatro millones de ejemplares. Marilyn Monroe, Ava Gardner, Lana Turner, Orson Welles, Dolores del Río, Joan Crawford, Clark Gable… todos víctimas de Confidential, siempre dispuesta a destapar un escándalo, revelar un secreto o chantajear sin piedad. El padre de Grace Kelly no dudó en presentarse en la oficina de Harrison para partirle la cara. Dorothy Dandridge y Maureen O’Hara demandaron a la revista con sumas millonarias. Estrellas poderosas e influyentes y con suficientes recursos para hacer frente a los embistes de Confidential.

Este no era el caso de Lizabeth Scott, que era una presa fácil en ese reinado de terror que duró varios años. Extremadamente discreta, ausente de las fiestas de moda, sin romances conocidos (salvo el que mantuvo con Hal B. Wallis) y con declaraciones ambigüas para quitarse de encima a los periodistas que insistían en saber detalles de su vida privada, la que fuera definida como “una chica extraña, incluso para Hollywood” entró de cabeza en las páginas de Confidential. En el número de septiembre de 1955 la revista sacó en portada el siguiente titular: “Lizabeth entre chicas”. En el texto se podía leer que la policía había detenido a varias prostitutas en una redada y una de ellas tenía una agenda de clientes donde aparecía el nombre de la actriz. Luego la revista decía haber pillado a Lizabeth en París «con la lesbiana más notoria de la ciudad». El abogado de Liz puso una demanda de 2,5 millones de dólares por “ofensas en su vida pública y privada˝, pero no prosperó. Como tampoco lo hizo la carrera de la actriz. Lizabeth se refugió en el alcohol, pero eso que se llama justicia poética puso las cosas es su sitio: el aluvión de demandas acabaron con la revista y el 3 de enero de 1958 Howard Rushmore, el odiado redactor jefe de Confidential, disparó a su esposa y luego se suicidó. La alimaña tenía por fin una portada realmente sabrosa para su revista.

 

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