Antes de todo… El Puente de Casandra (1976)

domino / 03 de abril del 2020 / 16:22h.

 

 

Sophia Loren se lava las manos compulsivamente. Su ex marido, el prestigioso doctor Jonathan Chamberlain, interpretado por Richard Harris, le dice que eso no sirve de nada, el virus, asegura, se transmite al respirar. Estamos en la película El puente de Casandra (1976), más concretamente a bordo del Transcontinental Express, el tren que sale de Ginebra, pasa por Basilea, París, Bruselas, Ámsterdam y Copenhague, y termina en Estocolmo. Pero en esta entretenidísima cinta de catástrofes producida por Carlo Ponti para lucimiento de su mujer, las cosas se tuercen rapidamente. Resulta que un virus se ha metido en el tren y las autoridades lo han desviado hacia Janov, en Polonia, para dejarlo con todos sus pasajeros en cuarentena.

Oímos por boca de la doctora Elena Stradner (la actriz sueca Ingrid Thulin) que se trata de una infección neumónica muy contagiosa, que este virus se propaga por las gotas de la transpiración, el grado de infección es del 60% y los primeros síntomas son un resfriado común, dolor de garganta y fiebre. También nos enteramos, aunque eso será más adelante, que los animales también se infectan. Y aquí entra en escena la pasajera más glamurosa del tren, Nicole Dressler, con los rasgos y la ironía de una resplandeciente Ava Gardner. La dama, casada con un poderoso traficante de armas, viaja con su perro Yago y con su gigoló de turno, un tipo que atiende al nombre de Robby Navarro, lo interpreta Martin Sheen y está convencido que Ana Karenina es una novela estúpida. Yago se contagia. También cae la atractiva Ann Turkel, aunque antes de ponerse mala, como interpreta a Susan, una hippie muy flower power, tiene tiempo para cantar I’m Still On My Way, una melodía que dice algo así como que “hay un final en algún sitio pero aún no he llegado a él, aunque sé que estoy en el buen camino”. Turkel era la esposa de Harris y por eso está en esta película. Otro placer culpable de El puente de Cassandra es ver a O.J. Simpson codeándose con las divas Loren y Gardner mientras el tren corre desbocado hacia el infierno.

En la película oímos varias veces la palabra “cuarentena”, pero también diálogos escritos por Tom Mankiewicz muy por encima de la media en este tipo de producciones. Nos queda claro que algo heredó de su padre, el gran Joseph Leo, cuando vemos a Loren y Harris lanzándose dardos envenenados, réplicas dignas de Noël Coward antes de que la cosa se ponga realmente fea y ella se meta aterrada en el pequeño lavabo de su compartimento para restregarse las manos con jabón. El hijo de Leo escribió los diálogos, pero la historia es del añorado George P. Cosmatos, director de la película que de niño se infectó de cólera mientras vivía en Egipto. «Una epidemia me parece más destructiva que un terremoto, un incendio o incluso que una bomba, y una epidemia provocada por el hombre, como se muestra en esta película, es la más despreciable de todas. Somos nuestro propios peores enemigos, porque nos estamos matando con el llamado progreso».

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