Érase una vez… el Hollywood de Netflix

domino / 20 de mayo del 2020 / 20:31h.

Siguiendo la senda marcada por Quentin Tartantino en Érase una vez en… Hollywood (2019), Ryan Murphy recrea en su nueva serie, Hollywood, lo que a él le hubiera gustado que pasase. Es decir, cambia la dura y terrible realidad por un cuento imaginado con final feliz. Por los siete episodios pasan un buen número de personajes reales del Hollywood de finales de 1940, actores, actrices, directores, guionistas, magnates… Rock Hudson (1925–1985) es uno de los protagonistas, pero también vemos a Anna May Wong (1905–1961), Hattie McDaniel (1893–1952), Vivien Leigh (1913–1967), Tallulah Bankhead (1902–1968), Cole Porter (1891–1964)… La serie mezcla la realidad con la ficción, y de esta última hay suficiente para que cualquier amante del cine disfrute como un loco.


A continuación, lo que cuenta Hollywood… y ocurrió realmente.
Es verdad, como dic la serie, que Rock Hudson (interpretado por Jake Picking) al principio de su carrera no tenía ningún talento como actor y entró en el cine sólo por su físico (como dijo Douglas Sirk, “a primera vista no parecía ser gran cosa salvo muy guapo”). También que la primera prueba cinematográfica que hizo fue un auténtico desastre. En realidad fue para la Fox y cuentan que “durante años el estudio la enseñó a sus actores como ejemplo de lo que no debería hacerse nunca ante una cámara”. Es cierto que Hudson empezó bajo el manto del agente Henry Willson (en la serie interpretado por un sorprendente Jim Parsons), un famoso y poderoso cazatalentos que trabajó con David O. Selznick y descubrió a, entre otros, Rhonda Fleming, Robert Wagner y Tab Hunter. También que su primer papel destacado fue en una película titulada Peggy (1950). En la serie el film es Peg (luego retitulado Meg) y se trata de un drama. En la realidad, Peggy es una comedia muy amable sobre concursos de belleza en un pequeño pueblo de Pasadena en California. Hudson era homosexual y en la serie sale con un guionista negro. En la vida real su amante más famoso fue Tab Hunter.

Serie Hollywood

En uno de los primeros capítulos, alguien comenta que John Farrow está rodando en esos momentos una película con Alan Ladd y Donna Reed. Aunque no se dice, la película es Beyond Glory (1948).

La película que preparan los protagonistas de la serie es un drama sobre la vida de Peg Entwistle, malograda aspirante a actriz que se suicidó la noche del 18 de septiembre de 1932 saltando desde la letra H del mítico letrero gigantesco situado en una colina y formado por las letras en mayúsculas y de color blanco de la palabra HOLLYWOODLAND (que pasó a ser HOLLYWOOD años después). Tenía 24 años y una sola película en su filmografía, el drama de misterio Trece mujeres (1932). Todos estos datos reales aparecen en la serie.

También es real la historia de cómo la actriz de origen chino Anna May Wong (interpretada por Michelle Krusiec) perdió el papel protagonista en la película La buena tierra (The Good Earth) (1937), un drama sobre campesinos chinos basado en una novela de Pearl S. Buck. Se lo dieron a Luise Rainer (interpretada por Camille Natta), que no era asiática, y ganó el Oscar.

La frase “los lunáticos han tomado el manicomio”, que pronuncia Lon Silver (Brian Chenoweth), el abogado del dueño del estudio de cine Ace Amberg (al que da vida el director Rob Reiner) cuando Avis Amberg (Patti LuPone) y su equipo se hacen con las riendas de la compañía, en realidad la dijo presuntamente Richard A. Rowland, presidente de Metro Pictures, cuando en 1919 Mary Pickford, Douglas Fairbanks, D.W. Griffith y Charles Chaplin fundaron United Artists.

Las locas fiestas en casa de George Cukor (interpretado por Daniel London) están bien documentadas y eran las más famosas de todo Hollywood. En la serie se reproducen siguiendo el modelo que vimos en Dioses y monstruos (1998), cuando James Whale (Ian McKellen) recuerda esa época dorada.

La anécdota que cuenta el veterano montador Harry Golden (William Frederick Knight) sobre que la canción Over the Rainbow estuvo a punto de ser eliminada del montaje final de El mago de Oz (1939) es absolutamente cierta.

Toda la humillante historia de Hattie McDaniel (Queen Latifah) la noche que ganó el Oscar por Lo que el viento se llevó (1939) es cierta.

En el último episodio se recrea la noche de los Oscar correspondiente a las películas estrenadas en el año 1947. Y aquí los guionistas hacen verdaderos malabares para cruzar la realidad con la ficción.
– En el apartado de Actriz Secundaria en la serie están nominadas Celeste Holm por La barrera invisible, Gloria Grahame por Encrucijada de odios, Anne Revere por La barrera invisible, Marjorie Main por El huevo y yo y Anna May Wong por Meg. En la realidad, estuvieron nominadas las cuatro primeras más Ethel Barrymore por El proceso Paradine. Ganó Celeste Holm. Anna May Wong jamás fue candidata al Oscar.

-Lo mismo ocurre en el apartado Actor Secundario. En la serie vemos al personaje ficticio Jack Castello (David Corenswet) nominado junto a Edmund Gwenn por De ilusión también se vive, Richard Widmark por El beso de la muerte, Charles Bickford por Un destino de mujer y Thomas Gomez por Persecución en la noche. En realidad, estuvieron nominados estos cuatro últimos más Robert Ryan por Encrucijada de odios. Ganó, en la serie y en la realidad, Edmund Gwenn.

La actriz principal Camille Washington (Laura Harrier) está nominada en la serie junto a Loretta Young por Un destino de mujer, Joan Crawford por Amor que mata, Rosalind Russell por A Electra le sienta bien el luto y Susan Hayward por Una mujer destruida. La ficción deja fuera a la quinta candidata real, Dorothy McGuire por La barrera invisible. El triunfo de Loretta Young fue considerado como “el más sorprendente de toda la historia de la Academia” ya que la gran favorita era Rosalind Russell. En la serie las cosas son de otra manera…

Como hemos dicho, Ryan Murphy ha imaginado lo que a él, y a todos, le hubiese gustado que pasase en aquél Hollywood de la década de 1940, lo mismo que hizo Tarantino en su película con el Hollywood de 1969. Pero la realidad fue bien distinta.
Tuvieron que pasar diez años para que una actriz asiática ganara el Oscar. Fue Miyoshi Umeki por Sayonara (1957), en un personaje que se le ofreció antes a Audrey Hepburn. A diferencia de lo que ocurrió con Anna May Wong y Luise Rainer en 1937, en esta ocasión Hepburn rechazó la propuesta: “no podía interpretar a una oriental. Nadie me creería; se reirían de mí. El guión es fabuloso, sin embargo, sé lo que puedo y no puedo hacer».
Más años pasaron para que una actriz negra ganara el Oscar en la categoría protagonista, como pasa en la serie con Camille Washington. Fue Halle Berry por Monster’s Ball (2001). Ella es una de las siete actrices afroamericanas que han ganado el premio: Hattie McDaniel (Lo que el viento se llevó), Whoopi (Ghost), Jennifer Hudson (Dreamgirls), Mo’Nique (Precious), Octavia Spencer (Criadas y señoras) y Viola Davis (Fences).

La serie de Ryan Murphy es como una mirada amable, un aliento de esperanza y fantasía, por mucho que mucho de lo que vemos ocurrió realmente. Nada que objetar.
Ahora, si lo que quieren ver es algo más oscuro y siniestro sobre el mismo tema, no tienen más que seleccionar un par de películas de las muchas que se han hecho sobre el lado más depredador de la Meca del Cine. Por ejemplo, Fedora (1978), por citar una de Billy Wilder (1906–2002) que no sea Sunset Blvd. (El crepúsculo de los dioses) (1950), donde tenemos algo tan luminoso como una villa en Corfú llamada Calypso y un grupo de personajes que representan lo peor de Hollywood. Como el Doctor Vando (José Ferrer), un siniestro cirujano plástico que ha operado a Franco, Coco Chanel, J. Paul Getty y a Fedora, la antigua estrella ahora recluida que se parece demasiado a Greta Garbo. Henry Fonda sale interpretándose a sí mismo y le entrega un Oscar honorífico a la protagonista (a Garbo se lo dieron en 1954) y Michael York también hace de él mismo, galán de cine que desencadena toda la tragedia. En un momento de la película, Fedora suspira y dice: “Harlow y Monroe tuvieron mucha suerte”.
Billy Wilder tenía muy mala uva, pero peor era Robert Aldrich, por menos sutil y más excesivo. En La leyenda de Lylah Clare (1968), Barney Sheean, el jefe del Estudio de cine que interpreta Ernest Borgnine, deja en pañales al que interpreta Rob Reiner en Hollywood. Para empezar, ha ganado ocho Oscar, como vemos en una repisa de su despacho, y se declara “productor de películas, no de obras de arte”.

Ambas, Fedora y Lylah Clare, hablan de actrices ficticias que fueron legendarias, una inspirada en Greta Garbo y la otra en su mismísima protagonista, Kim Novak. Como dijo el crítico francés Alain Masson, “en la película es también la verdad de miss Novak la que se revela”. Wilder hizo una película basada en una estrella todavía viva pero ya retirada. El kamikaze Aldrich, en una cruel ironía, habla de su propia actriz. Lylah es Kim Novak, y eso hace más devastadora la historia de esos individuos que intentan resucitar su propio pasado.
Las dos películas fueron en su día un fracaso y a las dos se las acusó de un error de casting. Por un lado, la actriz suiza Marthe Keller como Fedora y las crueles palabras de Billy Wilder: “Marthe Keller no es una gran actriz, pero eso no es culpa suya, o tal vez sí”.
Por el otro, Aldrich, que fue mucho más elegante con Kim/Lylah: “el otro día, mientras hablaba de la película, estuve a punto de echarle el muerto a Kim Novak, pero me di cuenta de que sería realmente injusto si lo hiciera”.

En La leyenda de Lylah Clare hay una referencia a Sunset Blvd., la madre de todas las películas sobre el lado más oscuro de Hollywood, cuando se va a celebrar la rueda de prensa en la mansión de Lewis Zarken (Peter Finch) y llegan todos los periodistas, con la temible chismosa Molly Luther (Coral Browne) a la cabeza. Es una escena despiadada, como toda la película, porque ahí se ve que “la maldad queda repartida entre todos los protagonistas y todos los oficios de la industria”, en palabras de Michel Maheo. Aldrich cierra su historia con la imagen cogelada de un perro rabioso. Así veía el gran cineasta a Hollywood. Seguro que a Ryan Murphy le encanta La leyenda de Lylah Clare, alguien se lo debería de preguntar, pero él ha preferido contar otro tipo de fábula, igual de excesiva pero menos rabiosa, una con perros que terminan reformándose; veáse el personaje real de Henry Willson, un Harvey Weinstein alocado que hoy estaría en la cárcel.

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