Crónicas desde AMAZON (IV) Sangre y Arena (1941)

Alfonso Asua / 28 de febrero del 2021 / 10:40h.

Sangre y arena (1941) fue la tercera versión cinematográfica que se rodaba de la novela de Vicente Blasco Ibáñez (1867–1928), escritor valenciano que triunfó con sus best-sellers, estuvo en Hollywood entre 1922 y 1926 y se convirtió, para que nos entendamos, en algo así como un Michael Crichton de esa época. Fue un auténtico triunfador español en un Hollywood que versionó sus más importantes novelas para vehículo de dos de sus grandes estrellas. Rodolfo Valentino en Los cuatro jinetes del apocalipsis (1921) y en la adaptación de 1922 de Sangre y arena, dos grandes éxitos en la carrera del mítico actor. Y Greta Garbo en Torrent (1926), según la novela Entre naranjos, y La tierra de todos (1926), sus dos primeras películas en Hollywood y dos títulos que hicieron del escritor, como dice Jesús García de Dueñas en ¡Nos vamos a Hollywood!, “el padrino literario y cinematográfico de Garbo”.
Nota: De Sangre y arena hay una cuarta versión, producción española, estrenada en 1989 y con Sharon Stone como la pérfida Doña Sol, un año antes de Desafío total (1990) y tres de Instinto básico (1992). La propia actriz confesó en cierta ocasión que si pudiera destrozaría la cinta a martillazos, así que poco tenemos que añadir.

Para esta Sangre y arena (1941) que podemos ver en Amazon Prime Video el estudio Twentieth Century Fox no escatimó en gastos, como tampoco lo hizo Metro-Goldwyn-Mayer para la versión de 1962 de Los cuatro jinetes del apocalipsis, dirigida por Vincente Minnelli. Rouben Mamoulian (1897–1987) (El hombre y el monstruo, La reina Cristina de Suecia) en la dirección. Tyrone Power (1914–1958) en el mejor momento de su carrera en el papel principal, el torero Juan Gallardo. Rita Hayworth (1918–1987) se consagró como sex symbol como la caprichosa y seductora Doña Sol, un personaje para el que se barajaron los nombres de damas tan poderosas como Gene Tierney, Jane Russell, Dorothy Lamour, Maria Montez y la que quería el estudio desde un principio, Hedy Lamarr. El nombre de la austriaca llegó incluso a anunciarse como la elegida para ser Doña Sol, pero MGM se negó a ceder a la estrella. Para la “buena” de la historia, Carmen Espinosa, se seleccionó a la fascinante Linda Darnell (1923–1965), una de las estrellas de la Fox que ya había sido compañera de Tyrone Power en tres películas anteriores, entre ellas El signo del Zorro (1940). Darnell de negro y Hayworth de blanco se enfrentan por fin hacia la mitad de la historia, las dos máximas estrellas de la década de 1940 cara a cara. En una escena, Carmen le pregunta a su marido el torero sobre Doña Sol. “¿Era guapa”. “No estaba mal”, contesta Juan Gallardo mientras mira fijamente al frente para dejarnos claro que está mintiendo. Y ahí comienza la tragedia de este triángulo ambientado en Sevilla pero rodado en México y Los Angeles. El resultado fue un éxito de taquilla y dos nominaciones a los Oscar (Fotografía y Dirección artística).


El resto del reparto no tiene despercdicio. Ahí tenemos fregando suelos a una de las grandes estrellas del cine mudo, la rusa Alla Nazimova (1879–1945), ella, que había sido la exótica “vamp” del cine mudo, extravagante siempre con un cigarrillo egipcio y rodeada de plumas, la mítica Salomé (1922), considerada por Robert E. Sherwood “la más extraordinariamente bella película jamás realizada”, la diva del teatro “que no sabe lo que está diciendo pero tú sí”, según un crítico de la época, la misma que había seducido a Valentino en La dama de las camelias (1921). Nazimova interpretaba a la sufrida madre de Tyrone Power y algunos críticos dijeron, un poco exageradamente, que “eleva el film y coloca tanto a Rita Hayworth como a Linda Darnell en segundo plano”. Y no se pierdan al torero Manolo de Palma, un jovecísimo Anthony Quinn (1915–2001) a punto de convertirse en estrella. Al español Fortunio Bonanova (1895–1969), catalán cantante de ópera, estrella de cine, de Broadway y de lo que se le pusiera por delante, que se codeó con Billy Wilder (Cinco tumbas al Cairo, Perdición), John Ford (El fugitivo), Leo McCarey (Siguiendo mi camino) y otros grandes maestros del cine. Al patriarca de los Carradine, John Carradine (1906–1988), vestido de torero, al excesivo Laird Cregar (1914–1944) como un crítico taurino de lo más despreciable, y a George Reeves (1914–1959), como amante de usar y tirar de Hayworth… Los secundarios de esta película son geniales, haciendo de improbables andaluces e intercalando palabras en castellano (para el que la vea en versión original con subtítulos).
Es curioso, pero muchos de los actores y actrices de esta película terminaron sus vidas de forma trágica. Tyrone Power a los 44 años de un fulminante ataque al corazón mientras rodaba en Madrid Salomón y la reina de Saba (1959). Rita Hayworth víctima del Alzheimer, “hundida y acabada física y moralmente”. Pero los casos más trágicos son los de Linda Darnell, Laird Cregar y George Reeves.


Concierto macabro: Linda Darnell y Laird Cregar
George Harvey Bone es un atormentado compositor de música clásica. Estamos en Londres, a principios del siglo XX, y el protagonista tiene motivos para estar inquieto: sufre lapsus de memoria y en esos espacios en blanco es un asesino en serie. Esto es lo que nos cuenta Concierto macabro (Hangover Square) (1945), película basada en una novela del escritor inglés Patrick Hamilton, autor de las piezas teatrales Luz que agoniza (Gaslight) y La soga (Rope), llevadas al cine por George Cukor y Alfred Hitchcock respectivamente. Y macabro es un buen adjetivo para definir lo que el destino tenía preparado a los protagonistas del film. En una de las escenas más tremendas de este inquietante y oscuro drama que inspiró a Stephen Sondheim su Sweeney Todd, el músico acaba de asesinar a la ambiciosa y sensual artista Netta Longdon y tira su cuerpo a la gigantesca hoguera que el pueblo ha encendido para celebrar la Noche de Guy Fawkes. 20 años después, Linda Darnell, la estrella de la Twentieth Century-Fox, la mujer que fue calificada como «casi demasiado hermosa», el rostro de Netta Longdon en la película, moría abrasada tras declararse un incendio en la casa de su ex secretaria, donde pasaba unos días. El fuego la sorprendió mientras dormía en el piso de arriba, se despertó por el humo, trató de salir, pero quedó atrapada.
La actriz que había brillado en personajes de mujer fatal, pero también en westerns (Pasión de los fuertes), comedias (Unfaithfully Yours) y melodramas (Carta a tres esposas), la misma que se hizo con el papel más codiciado desde el de Scarlet O’Hara, el de Amber St. Clair en Forever Amber (Ambiciosa), sufrió quemaduras en más del 90% de su cuerpo. Linda falleció en el hospital de Glenview, Illinois, la tarde siguiente de producirse el incendio. Era el 10 de abril de 1965, tenía 41 años, su carrera estaba acabada, había pasado su momento de gloria (que duró sólo la década de 1940) y soportó 33 horas de agonía en lo que la prensa calificó como “La valiente muerte de una estrella”. El hombre que tira al fuego a Netta, el desequilibrado George Harvey Bone, estaba interpretado por Laird Cregar, un extraño actor de carácter que ya había coincidido con Linda Darnell en Sangre y arena (1941) y se había hecho conocido gracias a su papel de psicópata asesino en The Lodger (1944). John Brahm, el director de esta historia inspirada en Jack El Destripador, quedó tan contento con su trabajo que le llamó para que repitiera un papel muy similar en Concierto macabro. Pero Cregar, que medía casi dos metros y pesaba 132 kilos, estaba harto de interpretar a tipos siniestros a veces con el doble de su edad y, obsesionado con cambiar de aspecto para aspirar a roles de galán romántico, se sometió a una imprudente dieta sin supervisión médica. Perdió 44 kilos, demasiado para su organismo, y se vio obligado a someterse a una cirugía por un grave trastorno estomacal. Con sólo 28 años su corazón se paró, días después de la operación. Fue el 9 de diciembre de 1944 y Concierto macabro todavía no se había estrenado.


Hollywoodland: George Reeves
¿Quién mató a Superman? La pregunta sigue sin respuesta más de 60 años después de que se encontrase el cuerpo del actor George Reeves con una herida de bala en la cabeza.
Reeves (5 de enero de 1914 – 16 de junio de 1959) era un actor mediocre con una carrera más mediocre todavía que se convirtió en estrella gracias a una serie de televisión sobre las aventuras de Superman. Un programa que se emitió entre 1951 y 1958, congregaba a 34 millones de espectadores y tenía entre sus fans al emperador Hirohito.  Cada episodio duraba media hora, se rodaban dos capítulos cada seis días y Reeves disfrutó cada segundo de una fama que le llegó cuando menos se esperaba, con 37 años y tras intentar abrirse camino en el cine, encadenando breves apariciones en éxitos como Lo que el viento se llevó (1939), Sangre y arena (1941) y De aquí a la eternidad (1953).
Hasta que la noche del 16 de junio, la crónica negra de Hollywood añadía un nuevo capítulo en su siniestro libro negro. El escenario, la casa del actor en Benedict Canyon. Allí llegó la  Policía de Los Angeles y se encontró a  Reeves tendido sobre su cama, boca arriba y desnudo. A partir de ese momento se puso en marcha algo así como una versión del juego del Cluedo para mitómanos con morbo. Todos eran sospechosos. Empecemos por los que estaban en el escenario del crimen esa noche… aunque estuvieran borrachos tras una fiesta improvisada y volvieran locos a los policías con sus declaraciones incoherentes. Tenemos a la prometida de Reeves, Leonore Lemmon, dama de la alta sociedad de Nueva York definida como “muy celosa”. También estaban dos amigos del actor, William Bliss y Robert Condon, y Carol Van Ronkel, que vivía en la misma zona con su marido, el guionista Rip Van Ronkel. Pero la lista de sospechosos, y ahí viene lo bueno, se amplía a Eddie Mannix, hombre fuerte de Metro-Gold­wyn-Mayer, muy poderoso en Hollywood y al que los que le conocían, a parte de decir de él que era burdo y odioso, le apodaron “Eddie el Simio”. Una joya de tipo que, además, presumía de sus contactos con la delincuencia organizada, era sospechoso de haber asesinado a su primera esposa en un falso accidente de coche y estuvo involucrado en uno de los mayores escándalos que se recuerdan en Holly­wood: la muerte en 1932 de Paul Bern, el marido de Jean Harlow. El caso es que Reeves tenía una aventura con Toni, la esposa de Eddie, y éste, humillado públicamente, se convirtió en principal sospechoso.
En la extraordinaria Hollywoodland (2006), donde Ben Affleck es Reeves, Diane Lane hace de Toni, Bob Hoskins es Eddie y Robin Tunney interpreta a Leonore, se barajan tres posibles teorías para la solución del enigma: Eddie ordenó que mataran a Reeves; se suicidó; murió accidentalmente cuando manipulaba la pistola. Falta una más, la que defiende la novela Hollywood Kryptonite, con Toni furiosa por haber sido abandonada por su amante para casarse con Leonore y dispuesta a vengarse. En cualquier caso, la madre del actor, la extraña y posesiva Helen Bessolo, contrató a una agencia de detectives para que investigara el asunto. En la película Adrien Brody es Louis Simo, el equivalente al verdadero de­tective que se encargó del caso, Mi­lo Speriglio. Muchos se tragaron la teoría de que lo de George fue suicidio, pero como dice uno de los amigos del actor, «no todos lo creyeron entonces ni lo creen ahora». Por eso, la película de Allen Coulter, que le valió la Copa Volpi en el Festival de Venecia a Ben Affleck, sirve para recordar a George Reeves, la primera víctima de una leyenda negra relacionada con Superman que luego atrapó en sus garras a Christopher Reeve, Margot Kidder y Richard Pryor.

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