Crónicas desde Amazon (XIV) La Calle 42 (1933)

Alfonso Asua / 30 de marzo del 2021 / 11:57h.

En 1930 los musicales no interesaban en Hollywood porque no daban dinero. Tres años después estaban de moda y los estudios de cine buscaban su propia aportación al género. Y todo por culpa de La Calle 42, una comedia musical que tuvo tanto éxito en taquilla que salvó a su estudio, Warner Brothers, de la bancarrota.


Dirigida por el veterano cineasta Lloyd Bacon (1889–1955), que sustituyó al previsto Mervyn LeRoy (1900–1987), algunas fuentes dicen que por motivos de salud y otras porque el rodaje de Soy un fugitivo (1932) se alargó más de lo previsto, La Calle 42 recibió dos nominaciones al Oscar, Mejor Película y Mejor Sonido, y efectivamente sentó las bases de todo lo que vendría después en el género.


Por ejemplo, Warner Baxter (1889–1951), segundo actor de la historia premiado con un Oscar (por En el viejo Arizona en 1930) interpreta a Julian Marsh, director del nuevo espectáculo con el que se va a despedir de los escenarios, colérico, exigente, siempre con un cigarro en las manos y enfermo (parece ser que del corazón) al que su médico le pide que pare el ritmo. ¿Les suena? Esa es la historia de Bob Fosse, aunque «Pretty Lady», la obra de Marsh, nada tiene que ver con All That Jazz (1979). Los primeros minutos de La Calle 42 también son A Chorus Line, con los aspirantes en el escenario luchando por conseguir un puesto en el espectáculo. Entre ellas, Ruby Keeler (1909–1993), Una Merkel (1903–1986) y Ginger Rogers (1911–1995), las tres coristas que buscan la gloria.


Y luego tenemos sus dosis de Eva al desnudo (1950), o de su adaptación al teatro musical con Applause, o ya puestos, de Showgirls (1995), una de las películas más vapuleadas de la historia.
En La Calle 42 el equivalente a Margo sería la gran diva de los escenarios Dorothy Brock, interpretada por Bebe Daniels (1901–1971), y Eva estaría representada por la ingenua Peggy Sawyer, con los rasgos de Ruby Keeler. Resulta que Dorothy, completamente borracha, se enfrenta de forma desagradable a la dulce Peggy y en plena trifulca se cae y se tuerce el tobillo. Entra en escena Julian Marsh y entonces suelta una de las mejores frases de la película: “¿Tobillo? Lástima que no haya sido el cuello”. Lo que nos recuerda a eso que dijo Noël Coward (1899–1973) de Claudette Colbert (1903–1996) cuando ambos preparaban una versión televisiva de Un espíritu burlón: “Si truviera cuello se lo retorcería”.


Antes, Dorothy le ha pegado una sonora bofetada a Abner Dillon, interpretado en permanente estado de idiotez por ese gran secundario llamado Guy Kibbee (1886–1956), millonario que financia el espectáculo y esta loco de amor por la diva.
Entre el tobillo y el guantazo, Dorothy sale del show y entra Peggy, pero la primera no es tan ácida como Margo Channing, y termina por dar su bendición a la nueva.
Mientras, hay tiempo para que un desesperado Julian Marsh le tire los tejos a su ayudante Andy, que interpreta con asombrosa habilidad George E. Stone (1903–1967), otro de los grandes secundarios del cine americano. En la novela en que se basa la película, escrita por Bradford Ropes, Julian Marsh es directamente gay. En la película, eso era inviable, pero está claro que se lleva a su casa a Andy para que pase la noche con él, no le interesan las coristas más allá de que bailen y canten bien, cuando el resto de personajes masculinos las persiguen sin parar, y le ha dado un papel destacado en «Pretty Lady» a Billy Lawler, interpretado por Dick Powell (1904–1963), a pesar de su evidente falta de talento. Billy va tras Peggy, que a su vez coquetea con Pat Denning, el personaje de George Brent (1904–1979), un actor mediocre que ve cómo su amante, la temperamental Dorothy, ha subido como la espuma y él se ha quedado estancado. Es decir, la eterna historia de Ha nacido una estrella. Añadan una pequeña dosis de trama gangsteril, con Julian Marsh tirando de contactos para que el perdedor de Pat Denning deje en paz a Dorothy y ya tenemos el grueso de la trama (no tiene nada que ver, o sí, pero Bebe Daniels era la actriz favorita de Al Capone, y George Brent el compañero de rodaje favorito de Bette Davis).


Una historia que explosiona en el espectacular número final, que empieza en un tren con coches cama y termina en la calle 42. Cuando se terminó de rodar este fin de fiesta, Busby Berkeley (1895–1976), el hombre que estaba detrás de todo el show, recibió como premio un contrato fijo con el estudio. En una de las tomas, la cámara pasa entre las piernas de las bailarinas y termina con un primer plano de Dick Powell y Maxine Cantway. Algo tan moderno, que los hermanos Coen hicieron lo mismo en El gran Lebowski (1998), cuando Jeff Bridges vuela por la pista de bolos en la secuencia del sueño. Busby Berkeley inició con esta película una de las trayectorias más impresionantes del musical americano. También La Calle 42 fue la primera de las siete películas que hicieron juntos Dick Powell y Ruby Keeler.

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