Crónicas desde Amazon Prime Video (XXXIV): Seberg (2019)

Alfonso Asua / 13 de julio del 2021 / 18:57h.

Las actrices de ayer reviven en las actrices de hoy. Nicole Kidman / Grace Kelly, Michelle Williams / Marilyn Monroe, Renée Zellweger / Judy Garland, Amanda Seyfried / Marion Davis, Margot Robbie / Sharon Tate, Annette Bening / Gloria Grahame, Scarlett Johansson / Janet Leigh y Kristen Stewart / Jean Seberg.


Seberg (2019) comienza en un momento del rodaje de Santa Juana (1957) para luego centrarse ya en Mayo de 1968 en París. En la película nos dicen que La leyenda de la ciudad sin nombre (1969) fue un western irrelevante, que ella era muy conocida en Francia, que la revolución, cualquiera, necesita estrellas de cine y que Jean fue víctima del fuego cruzado entre el movimiento de los Panteras Negras y el FBI.


Además de Kristen Stewart, en el reparto tenemos a Yvan Attal en el papel de Romain Gary, Jack O’Connell, como un joven agente del FBI, Margaret Qualley en el papel de la esposa de este, y Anthony Mackie como el líder Hakim Jamal. Pero la vida de Jean Seberg es tan apasionante, que la hora y 42 minutos que dura esta película saben a poco.
Lo que viene a continuación es su historia, más allá del periodo (1968-1971) que comprende la película, que por cierto termina con un maravilloso, largo y sostenido primer plano de Stewart mientras suena Just Like Tom Thumb’s Blues con la voz de Nina Simone.


Parecía francesa pero era americana, del pueblo de Marshalltown, en Iowa, donde nació un 13 de noviembre de 1938. Su máximo sueño siempre fue ser actriz y lo consiguió de una manera tan rápida que todo lo que vino después sólo podía ir cuesta abajo.
Un mes antes de cumplir 18 años, Jean Seberg consiguió el papel principal de Santa Juana (1957), de Otto Preminger, después de un muy publicitado casting en el que participaron unas 18.000 candidatas. Así que se convirtió en estrella de la noche a la mañana con una sóla película. Saltó de Iowa a Hollywood sin experiencia de ningún tipo. Lo único que tenía claro es que quería ser actriz desde que vio la película Hombres (1950). Era fan de Marlon Brando y de adolescente escribió al actor y lo invitó a pasar unos días con su familia en Iowa. Años después, cuando Jean Seberg ya era una actriz conocida, coincidió con Brando y éste le preguntó si la invitación seguía en pie.


Fue su profesora de Arte Dramático en Marshalltown quien se puso en contacto con la productora de Preminger, enterada de que éste buscaba a su Juana de Arco por todo el país. Una santa que había recreado George Bernard Shaw en una obra de teatro y que adaptó al cine Graham Greene. Un gran proyecto, quizá demasiado para la joven rubia de la América profunda. “Tengo dos recuerdos de Santa Juana. En el primero estoy siendo quemada en la hoguera para la pantalla. En el segundo, estoy siendo quemada en la hoguera por la crítica. Esto último duele más. Estaba aterrorizada como un conejo y eso se ve en la pantalla. No fue una buena experiencia en general. Empecé donde la mayoría de las actrices terminan”, recordaría la actriz años después.


Para compensar, Preminger, el gran protector de actrices desaparecidas trágicamente como Dorothy Dandridge o Linda Darnell, volvió a contar con Jean Seberg en su siguiente proyecto, segundo en la carrera de ella. La adaptación de Buenos días, tristeza (1958), polémica novela de Françoise Sagan con Deborah Kerr y David Niven arropando a la novata. Rodada en la Costa Azul, esta tampoco funcionó, aunque el director, todo temperamento y seguridad en sí mismo, defendió nuevamente a su protegida: “es muy cierto que, si hubiera elegido a Audrey Hepburn en lugar de Jean Seberg, habría corrido menos riesgo, pero me quedo con el riesgo. Tengo fe en ella. Claro que todavía tiene cosas que aprender acerca de la interpretación, pero eso también le pasaba a Kim Novak cuando empezó”.


Ella tenía otra visión: “A Preminger se le tachó de presuntuoso por intentar hacer una actriz de una tonta como yo y muchos me dijeron que me volviera a casa”. No regresó a Iowa y siguió comentiendo errores, como la comedia para lucimiento de Peter Sellers The Mouse That Roared (Un golpe de gracia) (1959) rodada en Inglaterra.
Y entonces ocurrió algo inesperado que cambió su vida y su carrera. El director francés François Truffaut, fascinado, como todos sus colegas de Cahiers du Cinema, con la actriz norteamericana desde que la descubrieron en las dos películas de Preminger, invitó a Seberg a un pase de un cortometraje de Jean-Luc Godard. El resto es historia del cine y el nacimiento de un mito. La actriz se terminaría convirtiendo en protagonista de la legendaria Al final de la escapada (1960) y en la musa de la Nouvelle vague.


Gracias al enorme impacto de la película de Godard, París sería el segundo hogar de Jean Seberg y en su carrera se mezclarían producciones de Hollywood con cintas europeas de todo tipo y condición, además de una tormentosa vida sentrimental. Su primer marido fue el cineasta francés François Moreuil, con el que se casó el 5 de septiembre de 1958 y del que se separó dos años después. Un matrimonio infeliz porque, según la actriz, “me casé con él porque me impresionó lo mucho que sabía de vinos. Razones ridículas”. En Francia intervino en una serie de intrascendentes film. “No soy una expatriada. Voy donde está el trabajo”, dijo.


El 16 de Octubre de 1962 se casó con el escritor y cineasta lituano Romain Gary, hombre complicado, fuerte carácter y muy dominante. La relación era un polvorín. Él tratando de controlar a su esposa para convertirse en una especie de Svengali. Ella, empezando con trastornos mentales que marcarían el resto de su vida. La pareja tuvo un hijo, Alexandre Diego Gary (1962), que recordaba en una entrevista a su madre “atada a la cama de un psiquiátrico, lamentándose por no poder tocar un cuchillo que no fuera de plástico por miedo a cortarse las venas”.


Durante su matrimonio con Gary, del que se separó en 1970, paradójicamente Jean Seberg vivió una brillante etapa profesional. La actriz viajó a Hollywood para rodar la que ella siempre consideró su mejor película en, sin duda, el personaje que más se acercó a su complicada personalidad. Lilith (1964) fue también polémica y no sólo porque su director, Robert Rossen, se despidió del cine con ella y muchos quisieron ver un acto de expiación del cineasta por su comportamiento durante la Caza de Brujas. La crítica estadounidense recibió de uñas a la película y Rossen la sacó fuera de la sección oficial del Festival de Venecia y retrasó su estreno en Reino Unido dos años. Con Warren Beatty como compañero de reparto, Seberg interpretaba a una joven misteriosa y esquizofrénica ingresada en un sanatorio mental de Nueva Inglaterra. Esta fue una de las mejores experiencias profesionales en Hollywood de la actriz, un lugar donde “siempre termino pareciendo una muñeca de plástico. Lo único estimulante es el dinero que cobro. Prefiero Europa”.


En 1968, Jean Seberg viajó a Washington DC para rodar el thriller policiaco Péndulo. El 4 de Abril era asesinado Martin Luther King y la actriz fue testigo de los disturbios que se produjeron en la capital. Ante la alarmante situación, el equipo decidió terminar la película en Los Angeles. Pero era tarde, porque Jean Seberg se llevó de allí una imagen que le cambiaría la vida: edificios en llamas, la Guardia Nacional patrullando las calles y el humo sobrevolando la ciudad.
Tras Péndulo, la actriz viajó a la zona de Big Bear Lake, en San Bernardino, para rodar La leyenda de la ciudad sin nombre, western musical que el periodista y escritor cinematográfico Patrick McGilligan considera como “uno de los más grandes desastres en la historia de Hollywood”. Por supuesto, Jean Seberg estaba incluida en el naufragio y ella se llevó la peor parte, teniendo en cuenta cómo le fue luego a Clint Eastwood.


Mal tiempo durante el rodaje de exteriores, el director Joshua Logan despedido, presupuesto disparado y casting equivocado. La primera opción para el papel de la chica siempre fue Kim Novak, aunque en su autobiografía, Faye Dunaway cuenta que ella rechazó el proyecto. El improbable trío terminó en manos de Seberg, Clint Eastwood y Lee Marvin. Y entonces, para sorpresa de todos, surgió el romamce. “La verdad es que me gustaba mucho. Estaba loco por ella”, confesó Eastwood, rendido ante la fragilidad y vulnerabilidad de Seberg.


La actriz seguía casada con Romain y cuendo éste se enteró del lío, retó en un duelo a su rival. No hubo duelo y el romance terminó. “Siempre es doloroso descubrir que la gente no es sincera. Me equivoqué al depositar mi confianza en esa persona”, recordó Seberg, que semanas después viajaba a México para rodar otro western, Macho Callahan (1970). Fue ahí donde conoció al que iba a convertirse en su nuevo amante, el escritor Carlos Fuentes. El autor de Gringo viejo estuvo con Jean un par de meses, pero fue un romance intenso, perfectamente documentado por el mexicano en la novela Diana o la cazadora solitaria (Alfaguara).


Fuentes cuenta cómo esa chica “pequeña, rubia, con el pelo cortado como un muchacho, blanca pálida, con ojos azules o quizá grises, muy risueños” colocó al lado de la cama que compartían una fotografía dedicada de Clint Eastwood. En realidad, su romance duró lo que duró el rodaje de “ese western ridículo”. “Era una persona muy vulnerable (…) creo que la desestabilicé emocionalmente. Pero yo sólo podía estar agradecido por esos dos meses. Muy agradecido”, confesaría el escritor al periódico británico Ther Guardian.


Desestabilizada… La actriz rechazó Doctor Zhivago (1965), El graduado (1967) y La noche americana (1973), tres clásicos, y dijó sí a la que es considerada “la madre de todas las películas de catástrofes”, Aeropuerto (1970), que Burt Lancaster definió como “la mayor porquería de la historia del cine”. Jean Seberg era una actriz viajera, vivía entre París, Grecia, el Sur de Francia y Palma de Mallorca. En España rodó La corrupción de Chris Miller (1973), de Juan Antonio Bardem, y con una carrera cinematográfica cada vez más cuesta abajo, se olvidó de la pantalla y centró sus intereses en otros asuntos. Las imágenes de Washington DC. “Creo que todo empezó porque me sentía cercana a los negros, quizá porque yo también en mi adolescencia estaba totalmente sola. Mientras Jane Fonda era Vietnam y Vanessa Redgrave la OLP, yo era los Panteras Negras”.


El FBI declaró a los Panteras Negras enemigo público número uno en 1969, la actriz se involucró en esa “guerra” y automáticamente se convirtió en objetivo de una campaña del FBI para desacreditarla. Romain Gary pensaba que era “una ingenua política” y Fuentes cuenta así los peligrosos contactos de su amante: “pobre Diana. ¿Quieres el papel de Juana de Arco casada con Malcolm X? Déjame decirte algo. Trata de ser una buena actriz. Ése es tu problema, querida. Eres una actriz mediocre, blanda y quieres compensar tu mediocridad con todas las furias de tu persona diaria. ¿Por qué no haces en serio los papeles que te toca interpretar en el cine? ¿Por qué los rechazas? Eres una extranjera en todas partes, condenada a la soledad y al exilio. Una activista política, condenada esta vez a la desesperanza, a la irrelevancia y finalmente, otra vez, a la soledad. Una actriz madura, condenada a la decadencia, el olvido y, otra vez, la soledad”.


La operación de acoso del FBI fue brutal. El golpe definitivo tuvo lugar cuando la maquinaria de Hoover extendió el rumor de que Seberg estaba embarazada de Raymond Hewt, líder de los Panteras Negras. El misil se lanzó a través del columnista Haber Joyce de Los Angeles Times y se divulgó en las revistas Newsweek y la francesa Minute. La actriz sufrió una profunda crisis y se refugió en Palma de Mallorca, nadando en alcohol y barbitúricos. Estaba embarazada, pero de un estudiante universitario con el que se enredó mientras estaba en México con Fuentes. Habla de nuevo el escritor: “Salió de México embarazada. Yo no lo sabía. El FBI sí. Con esta información en la mano decidieron destruirla. ¿Por qué? Porque era una figura emblemática del radical chic hollywoodense, la celebridad que presta fama y entrega su dinero a las causas radicales. Famosa, bella, blanca, Santa Juana de las causas radicales”.


El 23 de agosto de 1970, Jean Seberg dio a luz a una niña a la que llamó Nina, pero el bebé murió dos días después. El día del funeral pidió que el ataúd permaneciera abierto para que todos pudieran ver la piel blanca. “Lo siguiente que supe de ella”, cuenta Fuentes, “es que dio a luz prematuramente por cesárea y que el bebé murió. Una semana después, voló de París a Jeffersontown y expuso el cadáver en la agencia funeraria. Tomó 180 fotos del niño muerto”. A partir de ese día, en cada aniversario, Jean intentaba suicidarse. “Demandé a Newsweek y Minute. Gané ambas causas y mandé el dinero a los Panteras Negras. Creo que ayudo más así, enviando un cheque, que como militante expuesta a mil contratiempos”.


La pesadilla terminó un día de septiembre de 1979. La actriz fue encontrada sin vida dentro de su Renault blanco por dos policías en la Rue Géneral Appert, un suburbio de París. El cadáver estaba descompuesto, envuelto en un poncho, abrasado por quemaduras de cigarrillo y con una carta de despedida dirigida a su hijo. Era el 8 de septiembre, pero la fecha exacta de la muerte se cree que fue el 30 de agosto. Tenía 40 años y fue enterrada en el cementerio de Montparnasse en un funeral al que asistieron Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir.


Su último marido, el playboy argelino Ahmed Hasni, la había estafado con un negocio de hostelería en Barcelona. Fue el último golpe de una vida por la que pasaron muchos hombres. Como el director español Ricardo Franco. La última película de este, que no pudo terminar porque murió antes de acabar el rodaje, Lágrimas negras, estaba basada muy libremente en la complicada historia de amor que vivió con Jean Seberg. Quien esto escribe le preguntó en cierta ocasión a Ariadna Gil si el director le habló alguna vez de Jean Seberg. “Nunca”, me dijo. “Pero yo lo sabía y a veces pensaba que me diría algo, pero nunca lo hizo… cosa que estuvo bien porque así me evitaba estar condicionada por un modelo. Lo que sí hice, y no porque me lo dijera Ricardo, fue ver Lilith”.


Un año después de la muerte de Jean, Romain Gary se pegó un tiro en su casa de París. Diego, el hijo de la pareja, tenía 17 años cuando murió su madre y 18 cuando lo hizo su padre. “Se fueron y arruinaron mi vida. Soy incapaz de ver una película de mi madre, duele demasiado”.

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